Más de la mitad de los argentinos dejó de identificarse como parte de la clase media en un contexto marcado por la pérdida del poder adquisitivo, el aumento del costo de vida y la creciente dificultad para sostener hábitos que durante años fueron considerados propios de ese sector social.
Esta percepción refleja un deterioro que no siempre queda registrado de manera inmediata en las estadísticas oficiales. Aunque una persona conserve un empleo o mantenga determinados ingresos, el encarecimiento de los alimentos, los servicios, el alquiler, el transporte y la educación modifica su capacidad real de consumo y limita sus posibilidades de ahorro.
Durante décadas, la clase media argentina estuvo asociada con cierta estabilidad económica: acceder a una vivienda, salir de vacaciones, sostener estudios, comprar bienes durables o afrontar gastos imprevistos. Sin embargo, para muchos hogares esas metas comenzaron a quedar fuera de alcance. La necesidad de recortar consumos y postergar proyectos alimenta la sensación de retroceso social.
Este fenómeno también se observa en las decisiones cotidianas. Una proporción importante de las familias redujo las salidas a bares y restaurantes, considerados durante años espacios habituales de encuentro y recreación. El incremento de los precios convirtió esas actividades en gastos excepcionales, especialmente para los hogares con menores ingresos.
La situación se agrava cuando los salarios avanzan por detrás de la inflación. En ese escenario, incluso quienes permanecen por encima de la línea oficial de pobreza pueden experimentar una fuerte vulnerabilidad. La falta de margen para afrontar una emergencia, pagar una reparación o cubrir un aumento inesperado genera una percepción de inseguridad económica que trasciende las categorías estadísticas.
El endeudamiento aparece como otra señal de esa fragilidad. Muchas familias recurren a tarjetas de crédito, préstamos o compras financiadas para cubrir alimentos, servicios y otros gastos básicos. De ese modo, parte de los ingresos futuros queda comprometida y se reduce todavía más la capacidad de consumo de los meses siguientes.
La pérdida de la identidad de clase media, por lo tanto, no responde únicamente a una cuestión de ingresos. También está vinculada con las expectativas y la posibilidad de sostener un determinado nivel de vida. Cuando esas condiciones desaparecen, crece la sensación de empobrecimiento, aun entre sectores que no son considerados pobres según las mediciones oficiales.
Este cambio representa un desafío económico y social de importancia. La contracción de la clase media afecta el consumo, limita la movilidad social y profundiza la incertidumbre de millones de hogares. En ese contexto, la evolución de los salarios, los precios y el empleo será determinante para establecer si se trata de una percepción pasajera o de una transformación más profunda de la estructura social argentina.