“El riesgo de chocar es cada vez más grande”: esta frase, repetida por trabajadores y especialistas del sector ferroviario, resume el sentimiento de alarma que se percibe actualmente en la red de trenes argentinos. En talleres, cabinas de conducción y andenes, se comparte un diagnóstico común: la infraestructura ferroviaria está al límite, con vías degradadas, señales fuera de servicio, material rodante envejecido y un presupuesto que no iguala el deterioro acumulado durante años. Lo que antes se consideraba una advertencia técnica se ha convertido en una denuncia política abierta, dirigida al Gobierno nacional por la falta de inversión y la subejecución de fondos destinados a la seguridad operacional.
Dirigentes sindicales, especialmente aquellos vinculados a las líneas metropolitanas más concurridas, describen un escenario de “colapso silencioso”. Relatan que en numerosos ramales se han multiplicado las fallas en señales, barreras y sistemas de frenado, mientras que los plazos de mantenimiento de las formaciones y vías se prolongan. En este contexto, los propios maquinistas admiten que se sienten cada vez más expuestos a un accidente y que muchas maniobras diarias dependen más de su habilidad individual que de un sistema moderno de protección. Varios aseguran que las alertas se enviaron por los canales formales, pero que las respuestas se limitan a soluciones temporales o a promesas de obras que nunca se inician.
Desde el Gobierno, en cambio, intentan suavizar el panorama y atribuyen la situación a la herencia recibida, la caída general de la recaudación y las restricciones fiscales como explicación de la lentitud en la ejecución de los planes de renovación. Voceros del área de Transporte insisten en que la “emergencia ferroviaria” declarada por decreto sigue vigente y que hay un cronograma de intervenciones prioritarias. Sin embargo, reconocen que la ejecución presupuestaria está por debajo de lo planeado y que muchas licitaciones se demoraron o quedaron desiertas. En la práctica, esto se traduce en obras que avanzan lentamente y en una red que continúa operando al borde de su capacidad, con la demanda de pasajeros y cargas creciendo por encima de la inversión.
El contraste entre los discursos oficiales y las denuncias de los trabajadores se vuelve evidente cada vez que ocurre un incidente: descarrilamientos menores, choques contra vehículos en pasos a nivel sin barreras, fallas eléctricas que detienen las formaciones durante horas. Cada episodio reaviva el debate sobre el modelo ferroviario, la prioridad real que se le da al transporte público y la disyuntiva entre recorte del gasto y seguridad. Para los gremios, no se trata solo de números en una planilla, sino de una ecuación directa: menos mantenimiento e inversión equivalen a más riesgo para los usuarios. Por eso advierten que, si se repite una tragedia de grandes dimensiones, no podrá atribuirse a un error aislado, sino a una política sostenida de desfinanciamiento.
Mientras tanto, los usuarios continúan enfrentándose a trenes abarrotados, demoras, cancelaciones y un servicio que se percibe cada vez más precario. En muchas localidades del interior, la situación es aún más crítica: ramales que operan con velocidades reducidas por el mal estado de las vías, estaciones sin personal suficiente y una infraestructura que parece detenida en el tiempo. Allí, las denuncias de “colapso” no son una metáfora, sino una realidad: significan menos frecuencias, más riesgos y una mayor dependencia de otros medios de transporte más caros y menos seguros. En este escenario, la advertencia de que “el riesgo de chocar es cada vez más grande” funciona como una alarma sobre el futuro inmediato del sistema ferroviario y plantea una pregunta incómoda para la dirigencia política: ¿cuánto más se puede estirar el límite antes de que el próximo accidente marque un punto de no retorno?