El consumo de carne vacuna en la Argentina enfrenta uno de sus momentos más críticos y se encuentra en un mínimo histórico, con una disminución de 4,8 kilos por persona por año respecto del año anterior. Este retroceso afecta directamente a uno de los alimentos más emblemáticos de la mesa nacional y refleja un cambio profundo en los hábitos alimentarios de la población, influenciado por la pérdida de poder adquisitivo y la búsqueda de proteínas más baratas.
Según informes de entidades del sector cárnico y bursátil, el consumo per cápita de carne vacuna se sitúa en torno a los 45–48 kilos anuales por habitante, muy por debajo del promedio histórico, que fluctuaba entre 70 y 73 kilos. Algunos relevamientos recientes mencionan incluso niveles que no se veían desde hace más de un siglo, lo que dimensiona la magnitud de la caída. La reducción de 4,8 kilos anuales en apenas un año implica un ajuste brusco, que se suma a un declive que lleva varias décadas.
El fenómeno tiene múltiples causas, pero el factor económico aparece como el principal. Informes de cámaras empresarias detallan que la combinación de inflación alta, salarios rezagados y tarifas crecientes redujo la capacidad de compra de los hogares, que recortaron primero los productos más caros de la canasta, entre ellos la carne vacuna. En paralelo, la menor producción y faena, sumada a los mayores costos, presionó sobre los precios al consumidor, consolidando un círculo de baja demanda y oferta ajustada. El resultado es un mercado interno debilitado, donde el asado, símbolo cultural por excelencia, se vuelve un lujo ocasional para muchas familias.
En este contexto, se consolida la sustitución hacia otras proteínas animales. Diversos informes señalan que, mientras la carne vacuna pierde espacio, el consumo de pollo y cerdo crece y compensa parcialmente la reducción de proteína de origen vacuno en la dieta. Productores y analistas destacan que, hace décadas, el consumo combinado de pollo y cerdo era marginal, pero hoy supera con holgura los 60 kilos por habitante al año, impulsado por precios más accesibles y una oferta industrial más estable. Así, la dieta argentina se reconfigura lentamente: se consume “más carne en total, pero menos carne vacuna”.
El impacto también se siente en toda la cadena productiva. Frigoríficos, matarifes y productores advierten que la prolongación de esta tendencia pone en riesgo empleos, inversiones y la sustentabilidad de un sector que históricamente fue uno de los pilares económicos del país. Desde las entidades empresarias se insiste en que una eventual recuperación del consumo interno dependerá de la recomposición del salario real, de políticas macroeconómicas que den previsibilidad y de medidas específicas para fomentar la producción y el acceso a la carne vacuna. Mientras tanto, los datos confirman que los argentinos comen menos carne vacuna que nunca y que, por ahora, el histórico vínculo entre el país y su “vaca” atraviesa una de sus etapas más frágiles.